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Cuando el fuego se apaga: qué hacer y qué no hacer después de un incendio forestal

Llega el verano y con él la gran amenaza de los incendios forestales.

Son miles (si no cientos de miles) las hectáreas de territorio forestal que se queman cada año, bien por causas naturales, bien por causas antrópicas.

Durante el incendio sabemos que poco podemos hacer: esperar y confiar en los servicios de emergencias y bomberos forestales, que trabajan a destajo para apagar el fuego. Pero, ¿y qué pasa después?

Cuando el fuego se apaga, sentimos la necesidad urgente de ayudar. El pensamiento más extendido es el de salir a reforestar. Queremos que los árboles y la vegetación vuelvan lo antes posible.

Pero, ¿sabemos realmente cómo podemos aportar? ¿Nos hemos parado a pensar que quizá aquello que queremos hacer, no es lo que el bosque necesita?

Qué debemos hacer

Tras un incendio, los centímetros más visibles del suelo (lo que se conoce como horizonte superficial) desaparecerán tal y como existían antes del fuego. Dicho de otra forma, el horizonte superficial cambia sus propiedades fisicoquímicas, por eso se habla de pérdida, porque perderá sus características.

Si imaginamos el suelo como una red, tras el fuego esta se deshace, se descompacta, queda suelto. Esta red se encuentra tan debilitada que cualquier perturbación le afecta mucho más que antes y, además, cada impacto a partir de este momento retrasará aún más su recuperación.

Por tanto, la primera gran necesidad que tiene un área quemada es reposo. Tras un fuerte impacto, debemos dejarle tiempo para que vuelva a estructurarse, encontrar el equilibrio, y recobrar las funciones y servicios ecosistémicos que ejercía antes del fuego.

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¿Cuánto tiempo durará este proceso? Entre 3 y 5 años.

Dar una fecha exacta sería poco profesional. El tiempo de recuperación de un suelo depende en gran medida del impacto que haya recibido, pero también de sus características previas, así como de las perturbaciones que sufra a posteriori.

Esto significa que nuestra presencia en suelo quemado y la manipulación del mismo sólo hará que retrasar su recuperación. Puede haber alguna excepción, pero deberá estar debidamente justificada bajo criterios científico-técnicos.

Esta manipulación incluye pisar suelo quemado, el desplazamiento a través del mismo a pie y por supuesto en cualquier medio de transporte; y el movimiento, extracción e introducción de suelo y de otros elementos en el mismo, como semillas o plantones.

Ese es el principal motivo por el cual no se debe reforestar un bosque tras un incendio. El suelo no está preparado para soportar la presencia humana, ni para albergar semillas o vegetación que no sea la que ya se encuentra en ese espacio. Si plantamos algo, dañaremos más el suelo, y además el índice de supervivencia de los individuos introducidos será ínfimo.

La vegetación llegará sola y mucho antes de lo que esperamos. Pero de esto hablaremos en el próximo artículo.

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En cuanto a nosotros, ¿cómo podemos ayudar? Enviando este artículo y explicando a las personas de nuestro entorno la importancia de no generar un mayor impacto en el ecosistema.

Es fundamental comprender que la espera es una acción en sí misma, así como la difusión de material científico y divulgativo que justifique el porqué de la misma.

La paciencia es, en la mayoría de las ocasiones, la mejor manera de ayudar a un bosque que ha sufrido una perturbación tan importante como la de un incendio. En este momento, reducir al mínimo el impacto es la mayor contribución que podemos hacer.

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